Tres billetes en la guantera
Anoche todo era euforia, alcohol y ganas.
Hoy, solo hay remordimientos, vergüenza y algo de asco.
Todas las consecuencias que ayer no existían hoy han llegado para hacerme el
desayuno.
Y mientras miro a un punto fijo en la cocina mientras mezclo zumo con
ibuprofeno solo puedo compadecerme de mi misma y odiarme un poco por mis
actos.
Esos actos que ayer parecían inofensivos, que solo eran diversión sin
ataduras, sin daños colaterales...
Hoy desearía que todo lo que hice esa noche pudiera desaparecer igual que
toda la ginebra que acabo de vomitar.
Pero no, la resaca mañana se habrá volatilizado pero a mi conciencia le va a
costar algo más olvidar lo que pasó. Y no solo a mi conciencia.
A veces, en las mañanas de resaca, me planteo si realmente me merece la
pena. Si realmente me llena tanto lo que hago por las noches para poder
sobrellevar el día.
Me pregunto si algún día dejaré de sentirme tan vacía cuando duerma sola. Si
algún día conseguiré no contar las victorias personales con personas
interesadas solo en la parte menos importante de mí.
A veces, ni me pregunto, sencillamente me intento autoconvencer de que solo
es una etapa.
Una etapa gris que intento bañar en purpurina y alcohol. Que esa etapa
acabará y que para ser feliz solo me hará falta la gente que me quiere.
Esa gente a la que ahora mismo hago daño sin un motivo claro.
Porque después de otra noche borrosa, solo me quedan lagunas, arrepentimiento
y tres tristes billetes en la guantera.



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